Segmentos de Creador de Espías
Mientras caminaba a su piso solo, entre los sonidos y colores del barrio, Enrique mostraba gran entereza, pero estaba aterrado. Pensó que era muy curioso y sin sentido que el terror lo causara la incertidumbre. Que cuando lo habían catalogado como loco él había aceptado el juicio con mayor tranquilidad de lo que sentía ahora, que podía no estarlo.
«¿Será el miedo a una nueva desilusión? —se preguntó—. Será eso tan poderoso que nos convence de rendirnos».
Decidió no regresar a su piso. No quería estar encerrado entre recuerdos.
Caminó por caminar para huir de sus temores. Entre los grafitis y olores de panaderías y terrazas llegó al Museo de Prehistoria de Valencia. En el silencio del lugar y sus claroscuros, pensó en Hamlet, en su locura. Enrique nunca había tenido claro si ese personaje lo había fingido para descubrir el asesinato de su padre o si desde un principio estaba realmente loco y la aparición de su padre relatándole su asesinato y los culpables era producto de ese estado.
«¿Estoy loco? —se preguntó honestamente por primera vez—. ¿Qué significa estar loco? ¿Percibir la realidad de una manera diferente al común de las personas? ¿Ver cosas que los demás no ven? ¿Están locos los genios y científicos? ¿O solo hasta que demuestran que tenían razón?».
Caminó unos metros hasta toparse con una exhibición de armas para la caza creadas por nuestros antecesores. Y sus dudas siguieron recibiendo nuevas dudas de respuesta.
«¿Significará ser incapaz de sobrevivir con la información que la realidad nos proporciona? Aunque muchos de los locos que a veces se ven por la ciudad no se olvidan de comer, ni de abrigarse. ¿O significará ser incapaz de convivir dentro de un grupo de normas establecidos por la sociedad?».
Abrió un navegador en su móvil y buscó en el diccionario de la RAE el significado de la palabra:
Loco, ca.
1.Que ha perdido la razón.
2.De poco juicio, disparatado e imprudente.
Guardó su móvil. Pensó que la definición era demasiado simple para definirlo a él y a la vez tan amplia que podía incluir a la mayoría de la población humana.
«Ser o no ser», se dijo.
Foto de João Pedro Freitas en Unsplash
Conversaciones de Espías Anónimos
—Anoté una oración que hizo Huang cuando quería conceptualizar nuestro objetivo. Y cito textualmente: “…Sí, creo en la necesidad de una unidad de criterios a nivel mundial, alimentados y modificados por las opiniones y los deseos de los más capaces”. Yo haría una pequeña modificación, y diría: la necesidad de crear un grupo de criterios comunes, en vez de una unidad de criterios. Y para mí eso no es otra cosa que las constituciones de nuestras naciones.
»¿Ustedes conocen las constituciones de sus países? —preguntó, y se quedó en silencio esperanto respuestas.
—Puntos específicos relacionados con mi labor en la inteligencia alemana —dijo Egbert.
—Igual —dijo Huang.
—También, puntos específicos para satisfacer curiosidades —dijo Enrique.
—Entonces no tienen idea de en qué nación viven o quieren vivir, me parece. Y el gran problema es que la mayoría de los habitantes (porque no merecen llamarse ciudadanos) de cualquier país seguramente las conocen menos que ustedes.
—¿Y tú conoces la de tu país? —preguntó Egbert.
—La de España, en sus enunciados generales. Debía saber hacia qué país me mudaba. El sistema de monárquico fue uno de las cosas que me llamaron la atención. Me parece importante la presencia de un personaje educado desde la niñez para entender la política y que sirva de unión entre las diferentes etapas de evolución en la sociedad. Le da equilibrio a los sistemas políticos. Y me gustaría agregar que la manera de pensar y costumbres del rey emérito pueden ser muy distintas a las del rey vigente, pero ambos me parecen personalidades valiosas para su momento histórico. No podemos pretender juzgar al rey emérito con las costumbres de hoy, como no podríamos juzgar a Julio César por casi acabar con la población gala o a un Simón Bolívar que dicto el Decreto de Guerra a Muerte.
»La constitución de Venezuela, sí. Y no porque sea distintos a ustedes. Simplemente porque me tocó vivir y crecer en la Venezuela del socialismo del siglo veintiuno. Ellos escribieron una nueva constitución, que tenía sus cosas buenas y malas, como todas. Quizás, muy de izquierda para mi gusto. Luego hicieron una constituyente, que es un proceso electoral para aprobar una nueva constitución, y fue elegida, aunque con una baja participación en el proceso… A pesar de que, para ese momento, Chávez era el profeta y santo preferido del socialismo internacional y de los ignorantes venezolanos. Eso fue en los inicios de su gobierno, y yo sólo era un niño. Pero lo significativo es después de que lograran la aprobación de su maravillosa constitución comenzaron a violarla continuamente, porque no se adaptaba a sus ideas totalitarias y criminales. En ese momento, la oposición venezolana comenzó a utilizar esa constitución, que el chavismo tanto había alabado, para demostrar toda su ilegalidad. Y ahí muchos comenzamos a leerla para saber cómo podíamos defendernos y demostrar al mundo lo que era realmente ese aclamado gobierno.
»Aclarado el punto, quiero expresarles que ese proceso de convulsión electoral que vivió Venezuela, para tratar de controlar los desmanes del gobierno, cuando la oposición todavía tenía algo de control sobre las otras instituciones, me permitió ver y entender precozmente cosas que a la mayoría se les pasa por alto. Mi papá fue voluntario en la recolección de firmas para solicitar un proceso revocatorio de Chávez. Hubo que hacer dos porque nos cambiaban las normas a medida que pasaba el tiempo. Luego fue voluntario en el revocatorio, que ganamos, por cierto, pero que luego fue reinterpretado como un plebiscito por el tribunal supremo de justicia, que ya pertenecía al chavismo. Explico: en la constitución chavista la norma dice que, si en el proceso revocatorio hay más votos por revocar al presidente que los que recibió al ser electo, inmediatamente debe ser destituido. Sin ningún aparte u otra explicación. Esa es la norma. Y eso fue lo que ocurrió: más votantes de los que lo habían elegido votaron porque Chávez fuera revocado. Pero, como en el revocatorio se hizo la pregunta de si quería revocar al presidente y hubo más «no» que «sí», porque participaron más votantes que en la elección presidencial, el tribunal lo interpretó como un plebiscito, una votación simple de sí contra no, aunque en ningún lugar de la constitución aparezca eso. No había ningún soporte legal para lo que decidieron, pero ya la legalidad no le importaba al régimen. Sólo la apariencia de ser legal.
»Mi hermana y yo acompañamos a mi papá a todos esos procesos. Aunque no podíamos entrar en los centros de votación porque éramos menores de edad, ayudábamos en las colas inmensas que se formaban en La Boyera, la urbanización de Caracas en que vivíamos. Llevábamos bebida a las personas de edad, las acompañábamos al carro, servíamos de mensajeros con la casa que coordinaba el centro. Gozábamos un mundo. Pero también me di cuenta que en las colas había gente que parecía más chavistas que los propios chavistas. Se coleaban; hablaban de dar golpes de estado, para hacerles pagar por la destrucción del País; de lincharlos a todos; de violar todas las leyes que supuestamente estábamos defendiendo. De hacer todo lo que criticábamos. Le comenté mi confusión a mi papá, y me mató con la clásica respuesta de que cuando creciera lo iba a entender. Que confiara en él, porque que en ese momento había que usar los votos de esas personas.
Todos sonrieron.
—Ya lo entiendo. Sé que el país que yo quiero poco tiene que ver con el país que pensaban la mayoría de los venezolanos. ¿Eso significa que yo no lo soy? ¿O que no lo son ellos? Hasta la Venezuela de los sesenta, setenta y noventa, que apreciaba y por la que luchaba mi papá, era una Venezuela sin futuro que yo no quiero. Y no me refiero a la forma de vida que llevaban, que era fantástica; me refiero al manejo de la política, de la economía y de las leyes. Ya soy capaz de verlo: no es casualidad que Chávez llegara al poder y conquistara la mente de los ignorantes. Claro, lo que nunca he entendido es que también conquistara la de los que se dicen intelectuales.
»Sé que hay también muchas costumbres, paisajes, platos que las personas consideran parte del nacionalismo. Para mí, Venezuela tiene mucho que ver con levantarme temprano y disfrutar el frio decembrino de La Boyera para ir al colegio; con comerme una arepa con pasta de hígado; con ir a Margarita a rumbear en semana santa, como decía Egbert; con el rally de Nuestros Ríos Son Navegables, que navega todos los ríos del sur de mi país. Ahora, ¿Para cuántas personas eso no es Venezuela? ¿Qué pasa con el que creció en Maracaibo y desayunaba viendo el Lago; con el que comía cachapas en vez de arepas, o no le gusta ni conoce la pasta de hígado; con el que no tenía lancha y nunca navegó ni conoció los ríos del sur de Venezuela? ¿En qué nos parecemos? ¿Quién es más venezolano?
»Lo único que puede definir nuestra nacionalidad es el grupo de normas que aceptamos respetar y que rigen nuestras vidas. Recuerdo una película, llamada Puente de Espías, al menos su traducción al español, en la que el abogado que interpreta Tom Hanks le hace ese razonamiento a un agente del FBI que le solicita que no cumpla la ley con la excusa de defender la nación. Una gran contradicción que el personaje de Tom Hanks le hace notar.
»Se dice que uno tiene derechos y deberes con una nación por haber nacido en el territorio que la contiene. Creo que esa es una norma heredada de nuestros orígenes animales, de las primeras civilizaciones y naciones, cuando los genes regían las normas y tenía significado para los líderes de una manada o nación el número de personas que la constituían, porque representaban el número de soldados, para defenderla, o el número de cazadores o trabajadores, para poner a producir sus recursos. Pero ya eso no tiene el mismo sentido. Si veintidós millones de venezolanos se pusieran de acuerdo para invadir Los Estados Unidos, sólo harían falta menos de una decena de norteamericanos para acabar con mi país. La tecnología y las máquinas de guerra acabaron con la necesidad poseer una gran población para defenderla. Igual sucede con la fuerza laboral obrera, que más temprano que tarde será sustituida por los robots. Así qué, ¿por qué otorgarle la ciudadanía a una persona que sólo va a ser una carga y que nunca va a aportar nada a la sociedad? Ya volveremos a eso.
»Básicamente, se entiende que una nación es un territorio limitado por otros. Cuando el ser humano vivía por lo que producía de su tierra, por la explotación de sus recursos naturales, eso parecía tener completo sentido. Ya el poderío de algunos imperios, como el Británico, nos había adelantado que eso no era totalmente cierto. —Era una islita que pudo conquistar medio mundo—. Pero, a partir de la revolución industrial es que eso se puede ver con más claridad. Japón, una de las naciones con menos territorio y recursos naturales es de las más ricas. Venezuela, que tiene un amplio territorio, petróleo, gas natural, bauxita, hierro, oro, diamante, plata, mucha agua dulce, una costa mucho más grande que la de Japón y decenas de ríos para generar energía hidroeléctrica es uno de los más pobres. La explotación de los recursos naturales es la base de las economías de los países subdesarrollados y pobres; la explotación del intelecto y de la tecnología es la de los desarrollados. El tamaño de la economía de Rusia, la nación más grande del planeta, con significativos recursos naturales, es igual a la de España. Me imagino que algunos de los habitantes de Silicon Valley se extrañarán cuando ven millonarias inversiones de dinero en la exploración de nuevas reservas de petróleo, mientras que ellos han facturado más viendo para el techo de su garaje o jugando video juegos. Lo que produce mayor cantidad de riqueza para una nación no son los recursos de un territorio, sino la gente capaz que la habita.
Se quedó viendo por un rato la cara de interés en todos y continuó:
»En este punto vuelve a tener importancia la cantidad de habitantes de un país, por dos razones distintas a las de nuestras anteriores civilizaciones: la primera es porque son un mercado de consumo, Y China creo que lo tiene muy claro; la otra es que son un reservorio genético. Vuelvo a explicarme: otra vez China, por simple estadística, debe tener más genios que el resto de los países; y esas son las personas con la capacidad de cambiar la historia de la humanidad. Quizás la otra que podía competir con ella es India, pero el sistema de castas lo entorpece todo.
»Probablemente va a ser mucho más rico el país donde resida la persona que logre la fusión en frío que todos los países juntos que forman la OPEP. Y digo donde resida y no donde nazca, porque algunos países, como Los Estados Unidos, siempre andan a la caza de talento, incluso del chino. Tienen claro que es importante invertir en la exploración de talento, aunque creo que no lo suficiente. Y ahí las garantías legales y libertad de expresión de un país tienen peso y son argumentos para capturar a las personas. En ese caso, China sale perdiendo, Huang.
Ahora hizo una pausa para tomar un poco de agua. Sólo se escuchaban risas lejanas del festival que ocurría tras las puertas de Jorge y Enrique.
»Silicon Valley factura mucho más que las petroleras. Las empresas más ricas del mundo ya no son las manufactureras o las que explotan materias primas, Son Amazon, Facebook, Google y sus pares en China, que tienen más riquezas y trabajadores que muchos poderosos imperios de nuestro pasado.
»Probablemente habrá territorios en la web y en el metaverso más caros que en Nueva York o París. Facebook tiene más habitantes y consumidores que Alemania. Y quizás muchos de ellos conocen y respetan más esas leyes que las de su país… A lo mejor por el simple hecho de que pueden ser expulsados. Y ese es un punto que debemos tomar en cuenta.
»Creo que para el próximo lustro las personas pasarán más tiempo, de trabajo y entretenimiento, en espacios virtuales que en espacios físicos. Es más económico. Y eso cambiará aún más nuestras formas de consumo y disminuirá el uso de recursos naturales y la importancia de los territorios. Además, necesariamente y por mejoras tecnológicas, vamos a ser más eficientes en el uso de los recursos naturales.
»Tomando en cuenta todo lo que hemos expuesto, la pregunta que debemos hacernos no es si tienen sentido los nacionalismos o los patriotismos, los territorios y nuestra memoria, sino en qué nación queremos vivir. Y esa es la nación que deberíamos impulsar en cualquier parte del mundo, física o virtual, una vez que lleguemos a un acuerdo. El sentimiento de pertenencia a un territorio, a unas costumbres, a una idea es algo que llevamos muy dentro, como explicó Enrique. No creo que debamos buscar sicoanalistas para librarnos de ellos. Debemos usarlos de manera positiva.
»Estados Unidos de Norteamérica, aunque le moleste a todo el mundo, y no entiendo por qué, lo logró hace más de dos siglos. Un grupo de personas educadas soñaron con una nación y, entre sus desacuerdos, escribieron una constitución que uniera legal e ideológicamente una gran cantidad de territorios que podían optar por permanecer autónomos. (Sólo california podría ser el sexto país en PIB del mundo. Texas es más grande que Francia). Ahora, ¿cómo lo lograron? Ese es un caso que debemos estudiar.
»Y puedes argumentar que el caso de China es igual al de los Estados Unidos, Huang. Y te diré que no. Ellos se unieron porque lo eligieron libremente, no porque los obligaron. El caso Chino sería más parecido al imperio español o inglés, que terminaron desmoronándose. El caso Chino me recuerda a un gran amigo, que le decía a su novia que debía ser razonable y hacer lo que él decía.
»La comunidad Europea sí es algo más parecido a los Estados Unidos, pero, como dices, corre el riesgo de nunca consolidarse por intereses de grupos.
»Por supuesto que también debemos elegir qué sistema de gobierno queremos lograr para nuestra pángea política. Eso será lo que discutiremos en nuestra próxima reunión. Por los momentos, queda la tarea de revisar las constituciones de nuestros diferentes países y anotar lo que nos parece valioso y lo que no.
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Egbert se había puesto de pie y también había empezado a dar vuelta en su cubo de cristal.
—El que propusiste es un tema muy amplio y que llevo en la sangre. Yo soy como Europa: latino, árabe, germano, normando y turco. Soy hijo de una madre española, andaluza, y un padre alemán, descendiente de alemanes y turcos. En dos generaciones soy la mezcla de tres culturas distintas, ni siquiera de naciones. Y, aunque en mi hogar esas culturas se han unido y han convivido con amor y respeto, en el continente ha parecido imposible. Y digo que ha parecido porque no es del todo cierto. El mejor ejemplo es que yo existo. La amplitud de criterios, aunque muy lento para mi gusto, permea en las sociedades y pasan a ser parte de la cultura.
»Si yo imagino un paraíso en la tierra sería el que pensaron que habían descubierto los reyes católicos de España: el Caribe. He visitado a tu país, Jorge. En mi época de universitario, cuando podía me iba al paraíso.
Egbert se recostó con una cara que demostraba cómo disfrutaba esos recuerdos. Para narrarlos, utilizó algunas palabras en español venezolano que luego explicaban a Huang.
—Rumbeé en Margarita, bailé tambores en Choroní, buceé en Mochima, caminé desnudo por cayos vacíos en los Roques. Dormí en lanchas y yates de desconocidos en Morrocoy. Por mi físico y porque hablo perfecto español, allá podía ser venezolano, árabe, italiano, español, judío o musulmán. Pero, lo mejor, es que a nadie le interesaba. Era lo mismo. Y si hubiera sido rubio, ojos azules, hubiera sido igual. Conocí muchos de ellos que tocaban cuatro y bailaban joropo. Y eso también lo viví en la costa de Colombia y en sus islas. En República Dominicana y en Aruba…En el Caribe. Pero eso también necesito mucho tiempo y guerras sangrientas de ajustes de cuentas. No ocurrió de la noche a la mañana.
»Siempre he pensado que los Europeos somos unos idiotas. Sobre todo los españoles, Enrique, perdóname que te lo diga: descubrieron la tierra más rica de nuestro planeta y la conquistaron. Luego se olvidaron de ella y de sus familiares. Y lo peor es que en historia reciente, como tú mismo explicas, se dividen en comunidades, llamadas naciones, que quieren separarse entre ellas, pero que a la vez quieren formar parte de la Unión Europea. Me imagino que es porque saben que la Unión es la que ha ayudado en gran medida la modernización de la economía de tu país, y porque aporta gran cantidad de subvenciones para mantener algunas de sus industrias.
Enrique ni se ofendió. Compartía ese juicio.
—¿Cuál es tu apellido, Jorge?
—Rodríguez, con zeta. De origen español, no portugués— explico Jorge.
—¿Y el segundo?
—Álvarez, también español. Los originales viajaron desde las Canarias en el siglo diecinueve. Y los siguientes son de origen portugués, español y corso. Pero algunos de mis antepasados llegaron hace siglos a Venezuela y se mezclaron. También tengo sangre negra y Caribe. Como decimos en Venezuela, ahí el que no dispara un arco toca tambor. Pero entiendo a dónde quieres llegar. Y para darle más apoyo a tu idea, te diré que mi bisabuela era española, de la Rioja, y descubrimos que tenía parientes en común con la mamá de Enrique. Terminamos siendo parientes lejanos.
Egbert sonrió mientras asentía, porque al final todos somos parientes lejanos.
—El objetivo que propones me encanta, Enrique. Pero hay que ser responsables en su ejecución.
Se sentó y apoyó su mejilla sobre la cresta del ángulo que formaban sus antebrazos apoyados en el escritorio.
»Hay una pregunta que siempre le hago a mis posibles sucesores: ¿Un migrante en una embarcación, que viaja con su esposa y tres hijos, y que se lanza al agua para rescatar a otro niño que se ahoga, es un héroe o un irresponsable?
—Un irresponsable —respondió Huang, sin pensarlo mucho.
—De acuerdo —continuó Jorge.
Todos quedaron a la espera de Enrique, que tardo un poco más.
—Sí, lamentablemente. Es un irresponsable. Pone en riesgo la vida de cinco personas en vez de la de una sola.
—Correcto. Y no es una situación hipotética. La viví cuando empezaba en el mundo del transporte de ilegales a Europa. En este caso el hombre quiso ser un héroe y se convirtió en un irresponsable. Él murió, igual que el niño que trató de rescatar, y su familia quedó a la merced de las hienas que formaban parte de la tripulación a la que yo apenas me integraba. Terminaron vendiéndolos como esclavos. Y yo decidí no repetir el error del hombre. Decidí no intervenir, porque eso hubiera significado el fin de mi excipiente carrera como espía y probablemente de mi vida, así como mis logros posteriores que le han salvado la vida a cientos de personas. Así que su decisión ha podido costar más que las cinco vidas de las que hablabas, Enrique. Supongo que, de haber tenido esos genes egoístas que mencionas, ese señor se hubiera quedado a proteger a los suyos. Hubiera hecho lo correcto, según la opinión de esta sala y de nuestra programación animal.
—Y por no tenerlos murió y probablemente sus genes nunca se reproduzcan, tomando en cuenta el presente que deben vivir sus hijos —intervino Huang, Y todos se quedaron pensando un rato esa afirmación.
—No digo que esos genes estén equivocados. Lo que digo es que el que sean menos agresivos o simplemente podamos controlarlos nos ha permitido lograr el desarrollo humano. Que la etapa en que ellos rigieron la formación de grupos humanos que competían y guerreaban entre sí ya debemos dejarla en el pasado. Disculpa que te interrumpa, Egbert —intervino Enrique.
—No te preocupes. Estamos aquí para eso. Como les decía, me encantaría que en Europa, en el mundo, quiero decir, ni nos pasara por la cabeza preguntaros el origen o la religión del que está entrando en un local. Y no por ser un destino turístico, que significa intereses económicos, sino porque no nos interese, como he visto que pasa en el Caribe. Que, como allá, haya la tolerancia suficiente para que convivan en armonía personas de diferentes religiones. Para que el color más común de piel sea el latino, que puede significar decenas de tonalidades. Donde los judíos hacen negocio con los musulmanes, y los cristianos ni piensan que hay alguien distinto a ellos. Y cuando se dan cuenta de alguna diferencia, no se separan; se acercan por pura curiosidad, porque quieren aprender. Me encantaría que los distintos grupos afrontaran la vida con alegría y no con odio, como si tuvieran la necesidad de cobrarle sus penurias a otra persona.
Se detuvo un momento para tomar un sorbo de agua.
—Pero hay que ser responsables. Primero tenemos que unir Europa, en nuestro caso, Huang, para después tratar de unir el mundo. Sólo en Europa hay demasiadas diferencias que hace imposible que nos integremos en corto tiempo. Muchos estados de Europa Oriental están muy lejos de lograr las garantías políticas y económicas que en las naciones desarrolladas son irrenunciables. En Alemania hay muchos migrantes de esas naciones que viven en peores condiciones que los ilegales. La disciplina fiscal y el control de los gastos sociales es algo muy difícil de lograr en los países del mediterráneo. Sumado a la corrupción, que parece imposible que desaparezca. El nivel de vida en países como Rumanía se parece más a los de algunos países latinoamericanos y de África que a los Francia o Alemania.
—¿Y no mencionas a Reino Unido? —interrumpió Huang, que seguía con un tono defensivo.
—Reino unido ya no es parte de la Unión Europea, aunque sigan en el tira y encoge de que se quedan y de que se van. Creo que es un gran error. El problema reside es que ellos nunca han visto la Unión como un proyecto político, sino como uno puramente económico.
—O quizás ya simplemente estén cansados de tener ellos que poner gran parte del dinero para financiar ese cambio y no ven que muchas naciones se enserien —interrumpió Jorge.
—Hay muchas razones. A mí, por ejemplo, me molesta el inmenso costo burocrático de la Unión sumado al de los gobiernos nacionales. Los controles de producción de algunas regiones para favorecer el desarrollo de otras que, gracias al apoyo de esos controles, no terminan de hacerse eficientes y rentables. Y lo peor es que a algunas les encanta disponer de todo el mercado europeo y disfrutar las subvenciones de la Comunidad, aunque digan que son independentistas. Todas esas críticas son válidas. A lo mejor la posición del Reino Unido es que los países que quieren pertenecer a la Comunidad o permanecer en ella son los que tienen que hacer el esfuerzo, y no los que ya pertenecen en pleno derecho y la financian. Que debe ser como pertenecer a un club, donde si no reúnes las condiciones exigidas no puedes ser socio.
»Alemania, que es el otro gran contribuyente de la Comunidad, podría asumir la misma posición. Creo que no lo hace porque sabe que, a futuro, sería un error. El desbalance entre las naciones se crearía una sociedad insostenible, lo que causaría conflictos inimaginables y le permitiría la entrada a la influencia de naciones que no piensan, precisamente, en beneficiar a Europa. Además, se limitaría el mismo crecimiento económico de las naciones del norte. El mayor mercado para cualquier país de Europa es la Comunidad. Si los países del Mediterráneo y de Europa Oriental mejoran su situación económica y social el tamaño de ese mercado aumenta muchísimo. Además, nunca sabes qué pueden decidir, de la noche a la mañana, Los Estados Unidos o China. Necesitamos generar un mercado que produzca y consuma nuestros productos, o dependeremos eternamente de mercados externos. China lleva rato haciéndolo y le ha ido muy bien. Para querer que la Comunidad funcione no hay que soñar con el paraíso de una integración social. Basta querer que te vaya bien para que a mí me vaya mejor.
»Cuenta conmigo, pero siempre que seamos responsables y no ciegamente idealistas —finalizó Egbert.








